Sede vacante

El Papa Francisco lleva apenas unas horas en el Cielo y ya he tenido la osadía de molestarle con una petición de milagro. Un asunto personal que me toca muy de cerca y cuya resolución, sin duda, entraría en la categoría de lo muy difícil.

Que si era la reencarnación del maligno. Que si era rojo, comunista más concretamente. En estos tiempos he escuchado y leído más memeces, y he bloqueado en redes sociales a más personas afines a mi ideología (de derechas, se supone) que a los contrarios.

Y también lo opuesto: que era maravilloso y progresista. ¿Porque hizo manifestaciones de sentido común que entusiasmaron a La Sexta? ¿De verdad? ¡Qué chorradas se están diciendo! ¿Nadie ha prestado atención a su firme condena del crimen del aborto? ¿Qué esperaban, que saliera al balcón de San Pedro a lanzar condones al público? Mientras escribo, escucho ya a La Sexta confeccionar listas de papables ‘buenos’ y ‘malos’. La Iglesia dejó atrás la Inquisición hace mucho tiempo, pero los medios informativos parecen empeñados en revivir la suya propia. En fin…

Por favor, seamos serios. No mezclemos religión y política. El Papa es el líder de una religión que se dirige a sus fieles. Si queréis politizarlo, revolcaos en vuestra propia mierda y vuestra sucia mirada, pero dejadme en paz con mi Papa.

Creo firmemente que cada época recibe el Papa que necesita, igual que ocurre con los actores que interpretan a James Bond, permítanme la comparación. Intentar desentrañar cuál es el mejor es un ejercicio poco realista.

Me quedo con su cercanía, su simpatía y su valentía para afrontar los temas más espinosos. Recordaré a Francisco con cariño. De todos los Papas que he conocido en vida, solo el primero, el gélido Pablo VI, no me ‘llegó’. Lo cual, por supuesto, no implica que fuera un mal Papa.

Hoy vivimos en sede vacante. No sé si los demás cristianos compartirán esta mezcla de incomodidad e impaciencia que yo siento, pero ahí está. Unido a un pensamiento que me resulta bastante impactante: entre los cardenales papables hay tres que son más jóvenes que yo. La posibilidad de tener un Papa más joven que uno mismo es remota, pero no deja de estar ahí.

Francisco, descansa en paz. Gracias, muchísimas gracias por tu liderazgo. Y, por favor, no olvides mi petición.

No. Tu hijo no es adicto a la tecnología

Me llega publicidad de mi operadora telefónica con el siguiente titular:

‘Mi hijo es adicto a la tecnología’

En realidad, quien pronuncia la frase no habla por sí mismo, sino que es un catedrático de Psicología que entrecomilla una expresión que se escucha con frecuencia.

Pero a esa afirmación se le podría responder con un NO bien grande.

No. Tu hijo no es adicto a la tecnología. Ojalá lo fuera. Si de verdad tuviera interés por la informática, por la tecnología… probablemente acabaría consiguiendo un buen trabajo, quizá incluso uno de esos que aún no existen. Igual hasta os sacaba de pobres a toda la familia.

Tu hijo (y las mías, que yo también soy padre) es adicto a cuatro mierdas. A deslizar el dedo sin parar. A ir por la calle o en el transporte público como un zombi, mirando el móvil. Al WhatsApp, Instagram, TikTok y poco más. A eso es adicto, no te equivoques.

Tu hijo y esos maravillosos «nativos digitales» que supuestamente ‘nos dan mil vueltas’ con el ordenador quedaron en evidencia durante el aislamiento tras el estallido del Covid. Gente que no sabía ni mandar un correo, no digamos ya hacer un documento en PDF, por poner dos ejemplos. Vale, no lo habían necesitado hasta entonces, os lo compro. Pero no saben ni la décima parte de lo que vosotros pensáis que saben.

Eso sí, que dentro de las adicciones a las cuatro chorradas también hay categorías. Tu hijo o hija podría ser adicto a TikToks sobre Derecho Romano, Física Cuántica o Historia de las Civilizaciones Mesopotámicas. Claro que sí. Pero parece más probable que lo sea a chonacas bailando, gatitos haciendo monerías o recetas express que luego no salen como prometen.

La desdigitalización está en marcha. Disfrutemos del viaje para deshacer un poco el cirio que hemos montado.

¿Qué libro me ha cambiado la vida?

¿Qué libro te ha cambiado la vida? Es una pregunta hipérbole. Como la de ¿qué libro te llevarías a una isla desierta? A ésta, alguien, a quien no termino de localizar (Google no es la panacea) contestó ‘si sólo me pudiera llevar un libro a una isla desierta preferiría perecer en el naufragio’.

¿Y el libro cambiavidas? He conocido libros que la alegran, que sirven como evasión o que tienen alguna idea que merece la pena tener en cuenta. Incluso alguno me ha terminado obsesionando.

Luego está el Ulises de Joyce, soberano tostón cuya lectura diaria hasta terminarlo, a los veinte años, sirvió para forjar una férrea autodisciplina. Sí, en ese sentido podría considerarse un libro cambiavidas, al menos en mi caso (tenía que acabarlo. Long story)

Pero como el Gordo del último sorteo de Navidad, mi libro que me cambia la vida, se ha hecho esperar.

Como decía al principio, es algo hiperbólico, pero para mí lo más parecido a un libro-que-te-cambia-la-vida es El poder de los introvertidos, de Susan Cain. Me ha servido para entender muchas cosas, comenzando por identificarme como introvertido sin ningún género de dudas. Y a no avergonzarme más de ello.

Descubrí a Susan Cain en una charla TED, que incluyo aquí abajo, y cogí el libro en la biblio ipso facto.

Cualquiera que las haya pasado bien canutas en una fiesta donde todo el mundo es estupendo y dicharachero.

O que esté deseando irse a casa o a un lugar retirado de su trabajo cuando éste que implique hablar con el público.

Y sobre todo, las personas que (como yo) piensen que el trabajo en equipo es una grandísima mierda sobrevalorada, y que sólo en el mejor de los casos llega a ser la suma de los trabajos individuales.

Todas estas personas, por favor. léanlo. Puede que no les cambie la vida estrictamente hablando, pero entenderán muchas cosas en un libro sorprendente que rompe muchas ideas preconcebidas.

Agradeceré y aprenderé si me cuentan ustedes cuál es el suyo, en el caso de que exista. Un abrazo

Reencarnaciones estupendas y algún problemilla de protocolo

Siempre resulta fascinante la existencia de personas que afirman ser reencarnaciones de figuras históricas importantes. Es curioso cómo casi siempre se identifican con personajes de gran relevancia: faraones (Cleopatra parece ser una favorita recurrente), reyes, reinas, césares e incluso káiseres de Prusia.

Lo verdaderamente llamativo es la ausencia total de reencarnaciones de individuos comunes. Nunca encontramos a alguien que recuerde haber sido un humilde labriego del siglo XVI en La Almunia de Doña Godina, o una obrera textil en el Manchester del siglo XIX. ¿Cómo funciona esto? ¿Las vidas con menos glamour no otorgan el don de ser recordadas o, quizás, ni siquiera la posibilidad de reencarnarse?

Un caso llamativo es el de Billy, hijo de David Campbell, un reconocido presentador australiano de televisión. Este niño, según se afirma, sería, cómo no, la reencarnación de una princesa. Pero no una cualquiera. Nada menos que de Diana de Gales.

Esta situación plantea un grandísimo cacao protocolario. Si el hijo de Campbell es efectivamente Lady Di reencarnada, técnicamente sería la Reina del Reino Unido. Considerando la nacionalidad australiana de la familia, nos enfrentamos a la paradoja de que el niño sería la legítima Jefa de Estado consorte de su propio padre. Sí, el Rey y la Reina del Reino Unido son Jefes de Estado de Australia, como burlonamente se encargan de recordarlo estos días los telediarios. No quiero ni pensar las dificultades que esto podría generar en el día a día, y en la educación del niño-princesa. ¿Puedes regañar a una Jefa de Estado por, pongamos por caso, no hacer los deberes?

Para más inri, el Rey Carlos III y la Reina Camilla se encuentran de visita oficial en Australia. Al estrés de tener a Lady Di transmigrada en casa se suma el de la visita de su ex marido y la actual esposa de éste. Yo por si acaso no llevaría al niño a ningún acto oficial no vaya a ser que lo que aparenta ser un niño de seis años le saque los ojos a alguien.

Climadrama

Ayer en el Telediario de las tres. La presentadora se dirige al meteorólogo (llevan tiempo sin decir metereólogo) para preguntar si es normal que llueva tanto en otoño. Detrás, todo el rato, un gigantesco rótulo virtual sensacionalistón reza

OTOÑO LLUVIOSO

Absolutamente flemático, el interpelado responde: ‘Bueno, es normal que en otoño llueva’. Luego desarrolla un poco el tema de las cantidades o lo sorpresivo pero no abandona la premisa principal.

El tema del cambio climático, en no pocas ocasiones, es ridiculizado únicamente por la sobreactuación de los informadores o el color de los mapas. Abundan las conversaciones como ésta. Creo que calaría más cualquier alerta climática si no se hicieran melonadas así todos los días. Y que habría muchos menos escépticos sobre este asunto.

Otra cosa es que sea ése el objetivo, cosa que estoy empezando a intuir. Que siga existiendo gente que dude, fachas, negacionistas, gente a quien culpar o con quien meterse le viene muy bien a algunos. Desde luego dar las noticias del tiempo de esta manera es una auténtica fábrica de escépticos ¿Es lo que quieren o necesitan? ¿O simplemente les puede el buenismo, moñismo y monjismo?

Del 5 al 12 de agosto. What a week, huh?

El meme que va a dar nombre a esta sección es, como pensaba, de aquí, pero para mi pasmo es falso, se lo contesta Alec Baldwin a Tina Fey en una serie

Unos buenos consejos de Jordi Martí para Báter, digo Twitter, digo X

Qué lujo de pregonero en las fiestas de Salas de los Infantes

Bonitas palabras de Francisco sobre la lectura

Cabales enseñanzas de una Maestra en nubes

He acabado esta absoluta maravilla

… y sigo leyendo este otro impactante libro

España, un poquito cavernícola (surprise surprise)

Un periódico español cualquiera de hoy

Jordan Díaz saca brillo al atletismo.

Bravo, campeón. No nos lo esperábamos, ha sido un agradable sorpresa

Las finanzas ruinosas de las exmonjas clarisas de Belorado

Era la pasta. Como los corruptos nacionalistas catalanes, o como en las películas de La Jungla. Me parece que las hermanas son un poquito sinvergüenzas.

La Casa Real noruega, sin protocolo para el hijo díscolo de Mette Marit

Para estas cosas añoro tiempos pasados, soluciones rápidas y efectivas como cargarle de cadenas y enviarle de por vida a las mazmorras de Palacio, ponerle una máscara de hierro o la decapitación.

España vende 800.000 coches eléctricos menos de lo previsto por el Gobierno

Menudo burbujón…

Los Mossos, …

Espera, espera, no comment, ni puta bola al payaso de Peluc.

Ucrania ya cava trincheras… en Rusia

Europa recela de Teresa Ribera por su posición antinuclear

En toda Europa vuelven y nosotros vamos, qué vergüenza… vaya cavernícola en contra de la Historia

Santoral. San Lorenzo

Hace calor

Cae una red que timó a 320 víctimas con la farsa del ‘hijo en apuros’

Espero que castiguen duro a estos hijos de puta

The day the music died

Recuerdo con total claridad el momento exacto en que empecé a detestar la música actual. Fue cuando mi hija, que en ese entonces tenía diez años, me puso un reguetón interpretado por un modorro que cantaba (más o menos):

«Yo paso a buscarte, espérame afuera pa’ así no llamarte.»

Si mi hija, a la que había intentado inculcar un mínimo de gusto musical, cantaba semejante basura, la batalla estaba perdida. Solo me quedaba un odio profundo hacia esos modorros y congestionados—los dos tipos de reguetoneros que conozco. Y, por extensión, hacia TODO. Estoy casi seguro de que cualquier Top 50 de Spotify actual me resultaría espantoso.

(Por cierto, también recuerdo haberle dicho: «Todo un caballero el que dice eso, hija. Si alguna vez conoces a un tipo así, huye, insensata.»)

Sin embargo, tengo más borroso el recuerdo del paso previo, es decir, cuándo la música que se hacía dejó de interesarme. Puede que fuera por la edad, o tal vez por la calidad. Lo más probable es que por ambas razones.

Ese desinterés tuvo que haber llegado poco después de terminado el éxito de Nevermind de Nirvana, o quizás podría extenderlo hasta Sin documentos de Los Rodríguez. Y ahí se detuvo. Es decir, entre 1992 y 1994. Es posible que alguien que lea esto y comparta mi boomeridad sienta algo similar. No necesariamente con las mismas canciones, pero sí con la época.

Por eso me llamó la atención un artículo de El País que comienza afirmando que 1994 es considerado, de manera bastante unánime, como el último gran año del siglo XX en cuanto a cosecha discográfica.

Se refiere específicamente a tres grupos o cantantes. Solo me sonaba el primero (sé lo que van a decir, no se molesten):

Así que aquí dejo mi opinión sobre cada uno de ellos, ya que los escuché (de forma consciente) por primera vez:

Oasis. Siempre me cayeron mal esos tipos, puestos de todo, con sus morritos de enfant terrible y otros gestos que ya eran viejunos a finales de los 60. Hoy los escuché (ya digo, que yo sepa) por primera vez. Exactamente lo que me imaginaba: sonido de festival de verano, con calor, mosquitos y cuerpos sudorosos, donde no te importa nada porque lo único que te interesa es pillar droga.

Portishead. Bueeeeeno, no está mal. También del mismo festival, pero en lugar de tocar a las 10 de la noche, lo harían a las 4 AM. Quizás los ponga algún día para estudiar algún tema facilón de Derecho Laboral.

Jeff Buckley. Este sí me gusta. Perfecto para escuchar en el coche (un par de canciones, tampoco empecemos a chuparnos las pxxxxs), lo cual es prácticamente lo mejor que puedo decir de un cantante.

Como mencionaba, si alguien, especialmente de la boomeridad, quiere dejar su opinión en los comentarios (y como ya dije, pueden ahorrarse lo que Yoda comenta más arriba), se lo agradeceré.

Encuentro con una señora a la que creía muerta

Soy una persona introvertida, o al menos así me considero. En Innisfree, aparte de una docena de personas con las que me detengo a conversar, con el resto soy simplemente educado: una sonrisa, buenos días, buenas tardes y buenas noches.

Una de esas personas de dar los buenos días ha sido Carmen, llamémosla así, aunque no estoy seguro de su nombre real. Igual hasta se llama así. Tras algunos años sin ver a Carmen, hoy me la encontré cerca de la iglesia. Al haber pasado tanto tiempo sin verla, había dado por hecho que Carmen había fallecido hace algunos años, pensando que formaba parte de los desaparecidos del pueblo a los que pasado algún tiempo recuerdo con cierta nostalgia. Por eso mi

¡¡¡Cuánto me alegro de verte!!!

fue tan genuino, acompañado de un abrazo y de un lenguaje no verbal tan sincero, que la señora, sin saber el motivo real de mi alegría, se ha emocionado.

Hemos superado con creces los dos minutos conversando. Y ahora sé que hay un ‘todos’. El problemilla ahora es saber quiénes son, y asegurarme del nombre de Carmen para no quedar en ridículo. Pero, de momento, me he llevado una alegría más grande que mis mezquinos problemillas de sociabilidad rural.

Oración y cringe

En mi parroquia de Madrid o cuando voy a misa en mi Innisfree burgalés, suelo cerrar los ojos al rezar el Padrenuestro. Llevo tiempo haciéndolo para conectar mejor, olvidar los sentidos y alcanzar algo más de hondura en mi oración. Ya bastante me disperso durante el sermón (lo siento, no soy TDA, pero soy H).

Pero últimamente tengo otro motivo. Y es la media docena larga de personas que, al rezar el Padrenuestro, ponen las manitas para arriba, como si estuvieran recibiendo algo del Cielo o yoquésé.

No, hombre, no

No sé quién lo haría la primera vez ni de qué película de tarde moñas o fuente pseudoespiritual salió, pero como dicen ahora los millennials, verlo me da cringe. O sea, lo que viene siendo la vergüenza ajena de toda la vida. No tiene sentido un gesto así. Si alguien se siente mejor haciéndolo pues adelante, pero lo siento, aparte del postureo me parece una demostración de ignorancia. El único gesto genuinamente cristiano que tendría sentido es el de enseñar la palma de la mano como signo de paz.

Es algo que hasta Spielberg tiene claro (04:15)