Colocarse y al lora

Enrique Tierno Galván ha sido el alcalde más siniestro y sobrevalorado que ha tenido Madrid. Todo lo que le rodea en su bio es exagerado, leyenda urbana o simplemente fake. Empezando por lo más sencillo, su apodo, el Viejo Profesor, que es… mentira. Vayan ustedes a Google, vayan, y comprueben con pasmo cómo en el año al que me voy a referir el Viejo Profesor ni siquiera era viejo… ni lo fue nunca.

En plena época de la Movida Madrileña, y en la Zona Cero temporal de la chulería y soberbia del ‘loz zocialihtah hemoh ganaaaao’, Tierno fue a un concierto. Era 1984. Y dijo aquello de ‘el que no esté colocado, que se coloque y al loro’. Frase que ya entonces sonó viejuna e inaceptable. Convertido en un más que injustificado mito, no vivió mucho más después de aquello. Se montó un entierro en Madrid que se puede definir con una sola palabra que le encantaba a mi padre: Astracanada.

Hoy he empezado a tomar el lorazepam. Ante un próximo reto febrerino que resulta una auténtica montaña (no, no exagero, ojalá), el médico me lo ha recetado para los malos momentos. Así lo ha dicho. En realidad su frase ha sido ‘para los peores momentos, no lo tomes todos los días’.

Así que ahora trato de escribir mi post diario, ése de los propósitos de Año Nuevo, bastante colocado. Con sensación de sueño, losa en la cabeza, borrachera, pero eso sí, con la ventaja de sentir que todo me la sopla, con una concentración plasmática de un estupendo hipnótico de lo más chupiguay. ¿Que chupiguay es viejuno? Pues claro, como el profesor que no era viejo.

Así que a colocarme y al lora.

Ese lorito blanco que corre por mis venas

Jaaaarl

El tío que quiso ver la Musikverein

Va despertándose el día de Año Nuevo, en mi Pardi, lleno de niñatos que se meten en el cajero de la oficina bancaria a contemplar los desvelos de las últimas sombras; y rodeado de una ligera niebla tardía que está descendiendo sobre nosotros.

Hablo del día de Año Nuevo, no del Año Nuevo. Todo el mundo sabe que 2024 no empezará hasta que suene la Marcha Radetzky.

Ahora sí, coñes, ahora sí es Año Nuevo

Recuerdo al tipo que se empeñó en ver la Musikverein. Era 2016. Fui a Viena buscando a un hombre llamado Harry Lyme o al menos a mí mismo. No encontré a ninguno, ni siquiera a un tercero. Pero ese tío delgado, buena persona, con gafas y ademán siempre seriérrimo, era capaz de contar con ese gesto de jefe de negociado de Ministerio cosas interesantes y divertidas. Y nos contó que toda su vida había soñado con ese momento. Como mi intención era la Cripta Imperial, cada uno se fue a su destino. Volvieron él y su mujer radiantes. Habían cumplido un sueño. Uno relativamente fácil de realizar, pero como ya saben ustedes, las caras siguen siendo las mismas independientemente del tiempo, calidad o cantidad de deseo que le hayan puesto a todo el proyecto.

Que no es la Ópera, que está en la otra acera un poco más abajo. Pero eso ya lo sabían ¿no? Foto Welleschik

Juan, llamémosle así, había visto todas sus mañanas conscientes de Año Nuevo el concierto. Cuando se casó, con una mujer maravillosa, a la que yo siempre había conocido de vista en mi facultad, decidió vivir sin televisión durante un tiempo. Por voluntad propia, como principio, sin talibanismo aunque lo pueda parecer. Simplemente no le interesaba. Lo consiguió. Con esa rectitud de espíritu que yo sólo había visto a mi abuelo Juan Antonio, seguramente por eso le cogí tanto aprecio. Supongo que durante su despantallamiento voluntario, algo más corto que el destierro del Cid, vería el Concierto de Año Nuevo en casa de su familia de origen.

Juan tuvo que deshacer preconceptos, puesto que en un grupo grande siempre hay media docena de personas convencidas de que la pizza no debe llevar piña (ojo, todo el respeto a esos hijos de la gran puta) o que el Concierto de Año Nuevo se celebra en la Ópera de Viena, y no en el recinto que visitó Juan, a unos cientos de metros al otro lado de la misma avenida vienesa.

Supe de Juan hace poco por un amigo común. Su hija había empezado a estudiar un ‘doble grado’. Farmacia y nosecuantitos. Juan no es de los que se paseará por ahí engallado diciendo la recauchutada y vulcanizada memez de que su hija estudia dos carreras. No es de ese tipo. Alguien que ha estado años sin televisión por principios no lo es. 

Y en los momentos previos al concierto, a pesar de que hace cuatro años que nos vimos por última vez, siempre le dedico un recuerdo al tío que vivió un tiempo sin tele y que aquella calurosa tarde vienesa se desgajó de nuestro grupo de turistas para visitar aquel lugar. Su lugar. La vida, que da tantas vueltas, seguramente hará que nos volvamos a encontrar. 

Disfruten de lo poco que queda de 2023, y (solamente) cuando suene la Marcha en la Musikverein, feliz 2024.

Como el descenso de su último ocaso

Un clásico sigue siendo meternos por los ojos y en las ganas el clásico fenómeno astronómico sin precedentes y sin repetición posterior. Puede ser una aparición de una galaxia, una conjunción, o el avistamiento espectacular de un planeta. Y siempre recuerdan algo importante: Será la única vez que lo veamos en, pongamos, seiscientos o setecientos años.

Todo preparado para generar una especie de ansiedad astronómica hija de clickbait como no se ha visto anteriormente. Si es que a uno le viene una angustia existencial que en el peor de los casos puede durar hasta el acontecimiento astronómico único en milenios de la siguiente semana, que será anunciado con la misma fanfarria. La astronomía y la Liga, al mismo nivel de cebo. El algoritmo funciona. El conocimiento de la psique humana, también.

Acabamos día, semana, mes y año. El 1 de enero de 2024 es lunes. Como pasa con los reclamos astronómicos, parece imposible sustraerse al encanto de iniciar una obra, de escribir un blog. Hace años que planté el árbol y tuve el hijo. Si no lo escribo, tendré ansiedad hasta la próxima luna azul o una chorrada semejante. Igual pasan siete años calculados a ojirris, así que será el momento de empezar. 

– Espera, espera, payaso. ¿No decías que el comienzo de año es realmente el 1 de septiembre? Te lo recuerdo.

Les presento a Lockwood. Es mi voz interior,. Viene a importunarme en estos pequeños momentos de inconsecuencia, como hacía un monstruo traumático de mi vida anterior, que no debía haber existido. Bueno, no debían haber existido tantos… Sin embargo Lockwood no tiene mala intención. Le trato de usted.

– Pues claro, Sr. Lockwood, pero no me sea Roper, reconocerá usted que este 1 de enero tiene mucho encanto para algo así. Así que voy a trasladar la fecha de todos mis buenos propósitos del 31 de agosto al 31 de diciembre 2024. Y darme una pequeña prórroga en actos y proyectos que son casi de imposible cumplimiento, pero que aun así me pongo como objetivos.

– ¿Y si no los vas a cumplir por qué te los pones como objetivos? Lockwood me trata de tú y con poco respeto. Es el último rescoldo de mi autoestima destruida, que vuelve a creerse alguien.

– Pues por ilusión y por fijar una meta, aunque sea de difícil consecución.

– Está usted de psicólogo.

– Pues ya voy a consulta, aunque igual este año dejo de ir. ¿Me lo valida usted como objetivo?

– Ni de coña.

– Pues nada, Sr. Lockwood, que tenga usted de todos modos un feliz 2024. Y si no bebe, al menos haga como que beba. Yo lo haré esta noche y no sé cuándo volverá a ocurrir. Es largo de explicar.

Y que 2024 sea un feliz año y que ilumine a todos los que alguna vez lean esto.

Que ruede el blog de Miguel Mesleón.