¿Qué libro me ha cambiado la vida?

¿Qué libro te ha cambiado la vida? Es una pregunta hipérbole. Como la de ¿qué libro te llevarías a una isla desierta? A ésta, alguien, a quien no termino de localizar (Google no es la panacea) contestó ‘si sólo me pudiera llevar un libro a una isla desierta preferiría perecer en el naufragio’.

¿Y el libro cambiavidas? He conocido libros que la alegran, que sirven como evasión o que tienen alguna idea que merece la pena tener en cuenta. Incluso alguno me ha terminado obsesionando.

Luego está el Ulises de Joyce, soberano tostón cuya lectura diaria hasta terminarlo, a los veinte años, sirvió para forjar una férrea autodisciplina. Sí, en ese sentido podría considerarse un libro cambiavidas, al menos en mi caso (tenía que acabarlo. Long story)

Pero como el Gordo del último sorteo de Navidad, mi libro que me cambia la vida, se ha hecho esperar.

Como decía al principio, es algo hiperbólico, pero para mí lo más parecido a un libro-que-te-cambia-la-vida es El poder de los introvertidos, de Susan Cain. Me ha servido para entender muchas cosas, comenzando por identificarme como introvertido sin ningún género de dudas. Y a no avergonzarme más de ello.

Descubrí a Susan Cain en una charla TED, que incluyo aquí abajo, y cogí el libro en la biblio ipso facto.

Cualquiera que las haya pasado bien canutas en una fiesta donde todo el mundo es estupendo y dicharachero.

O que esté deseando irse a casa o a un lugar retirado de su trabajo cuando éste que implique hablar con el público.

Y sobre todo, las personas que (como yo) piensen que el trabajo en equipo es una grandísima mierda sobrevalorada, y que sólo en el mejor de los casos llega a ser la suma de los trabajos individuales.

Todas estas personas, por favor. léanlo. Puede que no les cambie la vida estrictamente hablando, pero entenderán muchas cosas en un libro sorprendente que rompe muchas ideas preconcebidas.

Agradeceré y aprenderé si me cuentan ustedes cuál es el suyo, en el caso de que exista. Un abrazo

The day the music died

Recuerdo con total claridad el momento exacto en que empecé a detestar la música actual. Fue cuando mi hija, que en ese entonces tenía diez años, me puso un reguetón interpretado por un modorro que cantaba (más o menos):

«Yo paso a buscarte, espérame afuera pa’ así no llamarte.»

Si mi hija, a la que había intentado inculcar un mínimo de gusto musical, cantaba semejante basura, la batalla estaba perdida. Solo me quedaba un odio profundo hacia esos modorros y congestionados—los dos tipos de reguetoneros que conozco. Y, por extensión, hacia TODO. Estoy casi seguro de que cualquier Top 50 de Spotify actual me resultaría espantoso.

(Por cierto, también recuerdo haberle dicho: «Todo un caballero el que dice eso, hija. Si alguna vez conoces a un tipo así, huye, insensata.»)

Sin embargo, tengo más borroso el recuerdo del paso previo, es decir, cuándo la música que se hacía dejó de interesarme. Puede que fuera por la edad, o tal vez por la calidad. Lo más probable es que por ambas razones.

Ese desinterés tuvo que haber llegado poco después de terminado el éxito de Nevermind de Nirvana, o quizás podría extenderlo hasta Sin documentos de Los Rodríguez. Y ahí se detuvo. Es decir, entre 1992 y 1994. Es posible que alguien que lea esto y comparta mi boomeridad sienta algo similar. No necesariamente con las mismas canciones, pero sí con la época.

Por eso me llamó la atención un artículo de El País que comienza afirmando que 1994 es considerado, de manera bastante unánime, como el último gran año del siglo XX en cuanto a cosecha discográfica.

Se refiere específicamente a tres grupos o cantantes. Solo me sonaba el primero (sé lo que van a decir, no se molesten):

Así que aquí dejo mi opinión sobre cada uno de ellos, ya que los escuché (de forma consciente) por primera vez:

Oasis. Siempre me cayeron mal esos tipos, puestos de todo, con sus morritos de enfant terrible y otros gestos que ya eran viejunos a finales de los 60. Hoy los escuché (ya digo, que yo sepa) por primera vez. Exactamente lo que me imaginaba: sonido de festival de verano, con calor, mosquitos y cuerpos sudorosos, donde no te importa nada porque lo único que te interesa es pillar droga.

Portishead. Bueeeeeno, no está mal. También del mismo festival, pero en lugar de tocar a las 10 de la noche, lo harían a las 4 AM. Quizás los ponga algún día para estudiar algún tema facilón de Derecho Laboral.

Jeff Buckley. Este sí me gusta. Perfecto para escuchar en el coche (un par de canciones, tampoco empecemos a chuparnos las pxxxxs), lo cual es prácticamente lo mejor que puedo decir de un cantante.

Como mencionaba, si alguien, especialmente de la boomeridad, quiere dejar su opinión en los comentarios (y como ya dije, pueden ahorrarse lo que Yoda comenta más arriba), se lo agradeceré.

Encuentro con una señora a la que creía muerta

Soy una persona introvertida, o al menos así me considero. En Innisfree, aparte de una docena de personas con las que me detengo a conversar, con el resto soy simplemente educado: una sonrisa, buenos días, buenas tardes y buenas noches.

Una de esas personas de dar los buenos días ha sido Carmen, llamémosla así, aunque no estoy seguro de su nombre real. Igual hasta se llama así. Tras algunos años sin ver a Carmen, hoy me la encontré cerca de la iglesia. Al haber pasado tanto tiempo sin verla, había dado por hecho que Carmen había fallecido hace algunos años, pensando que formaba parte de los desaparecidos del pueblo a los que pasado algún tiempo recuerdo con cierta nostalgia. Por eso mi

¡¡¡Cuánto me alegro de verte!!!

fue tan genuino, acompañado de un abrazo y de un lenguaje no verbal tan sincero, que la señora, sin saber el motivo real de mi alegría, se ha emocionado.

Hemos superado con creces los dos minutos conversando. Y ahora sé que hay un ‘todos’. El problemilla ahora es saber quiénes son, y asegurarme del nombre de Carmen para no quedar en ridículo. Pero, de momento, me he llevado una alegría más grande que mis mezquinos problemillas de sociabilidad rural.

Mi Innisfree burgalés. La paz de Yeats

A mis 18 años no me resigné a que lo único que conociera de William Butler Yeats fuera que su distinguido porte aparecía en los billetes de 20 libras, que por entonces, vacas gordas, sobraban en mis veranos irlandeses. Así que me compré una antología poética bilingüe de Alianza Editorial, que acabó pegajosamente manchada de pacharán, algún día de tránsito por el lado oscuro del que no quiero acordarme.

Me emocionaba la poesía de La isla del lago de Innisfree, no sólo porque en mi película favorita el pueblo toma su nombre de aquí. También por la profunda belleza que este poema destila.

Estos días disfruto de mi Innisfree burgalés. No tiene el verdor de los campos irlandeses pero cumple con el pino y las sabinas. Aquí no hay hileras de judías, pero hay paz. Hacemos planes para el futuro y para defendernos de los que nos desean el mal, que son unos cuantos, y muy malos, como los sarracenos del verso. Nuestra vida está siendo un combate. Ana y yo somos razonablemente felices, pero aquí alcanzamos un grado cualificado de paz y felicidad.

Allí la medianoche es una luz tenue (W.B. Yeats)

Desenlaces

Hoy es el día 2 de 4 que se ha tomado Narciso Sánchez para descansar y meditar según su pueril carta-twit. Del ‘venimos a que nos hagan la pelota’ de Pretty Woman’ al ‘hago me voy para que me hagan la pelota’. Victimita. Como Harry. O su mamá. Inaguantables todos.

En el entretanto, no recuerdo ahora mismo sé si en ese tostón de carta que no me pienso leer o en alguna declaración, Sánchez ha dicho eso de ‘confío en la justicia’.

Yo no, Señor Sánchez. Acabo de recibir una sentencia adversa y terriblemente injusta, y pienso recurrir. Todo después de estar esperando varios años. Confiando una mierda en los jueces a los cuales recurro, pero hay que hacerlo sí o sí. Algún día daré detalles del tema, ahora no se debe. Usted siga de victimita cuatro días, yo me he tomado unos segundos para ello y vuelvo a trabajar. Usted dentro de unos años tendrá una pensión extraordinaria y dará charlitas. A mí sólo me quedará rezar y esperar, sin miedo ni esperanza, algún desenlace favorable y que el tiempo ponga a todo el mundo donde se merece.

Los propósitos y el prepósito

Propósitos de Año Nuevo. Todos ellos cuantificables en su cumplimiento. Me guardo las cifras de algunos. Todos juntos, me da igual lo de quien mucho abarca… Ya dará tiempo a desabarcar.

1.- Perder peso. Mucho. xx Kg antes del 31 de diciembre. Sin dietas.

2.- Escribir en el blog. Todos los días laborables. No pongo número de seguidores, no depende de mí.

3.- Aprender alemán. Aprobar el B1 del Instituto Goethe del xx de noviembre.

4.- Aprobar las dos asignaturas de derecho en las que estoy matriculado

Próxima revisión el 1 de febrero. A día 3 de enero: 1 Razonablemente bien 2 Bien 3 Regular 4 La cosa empieza a pintar regular.

Demasiado propósito. Igual dentro de unos meses sólo queda… el prepósito

Arturo Sosa, prepósito general de los jesuitas. No sé qué será de los propósitos, pero siempre nos quedará el prepósito. Foto Irekia

Colocarse y al lora

Enrique Tierno Galván ha sido el alcalde más siniestro y sobrevalorado que ha tenido Madrid. Todo lo que le rodea en su bio es exagerado, leyenda urbana o simplemente fake. Empezando por lo más sencillo, su apodo, el Viejo Profesor, que es… mentira. Vayan ustedes a Google, vayan, y comprueben con pasmo cómo en el año al que me voy a referir el Viejo Profesor ni siquiera era viejo… ni lo fue nunca.

En plena época de la Movida Madrileña, y en la Zona Cero temporal de la chulería y soberbia del ‘loz zocialihtah hemoh ganaaaao’, Tierno fue a un concierto. Era 1984. Y dijo aquello de ‘el que no esté colocado, que se coloque y al loro’. Frase que ya entonces sonó viejuna e inaceptable. Convertido en un más que injustificado mito, no vivió mucho más después de aquello. Se montó un entierro en Madrid que se puede definir con una sola palabra que le encantaba a mi padre: Astracanada.

Hoy he empezado a tomar el lorazepam. Ante un próximo reto febrerino que resulta una auténtica montaña (no, no exagero, ojalá), el médico me lo ha recetado para los malos momentos. Así lo ha dicho. En realidad su frase ha sido ‘para los peores momentos, no lo tomes todos los días’.

Así que ahora trato de escribir mi post diario, ése de los propósitos de Año Nuevo, bastante colocado. Con sensación de sueño, losa en la cabeza, borrachera, pero eso sí, con la ventaja de sentir que todo me la sopla, con una concentración plasmática de un estupendo hipnótico de lo más chupiguay. ¿Que chupiguay es viejuno? Pues claro, como el profesor que no era viejo.

Así que a colocarme y al lora.

Ese lorito blanco que corre por mis venas

Jaaaarl