El tío que quiso ver la Musikverein
Va despertándose el día de Año Nuevo, en mi Pardi, lleno de niñatos que se meten en el cajero de la oficina bancaria a contemplar los desvelos de las últimas sombras; y rodeado de una ligera niebla tardía que está descendiendo sobre nosotros.
Hablo del día de Año Nuevo, no del Año Nuevo. Todo el mundo sabe que 2024 no empezará hasta que suene la Marcha Radetzky.
Recuerdo al tipo que se empeñó en ver la Musikverein. Era 2016. Fui a Viena buscando a un hombre llamado Harry Lyme o al menos a mí mismo. No encontré a ninguno, ni siquiera a un tercero. Pero ese tío delgado, buena persona, con gafas y ademán siempre seriérrimo, era capaz de contar con ese gesto de jefe de negociado de Ministerio cosas interesantes y divertidas. Y nos contó que toda su vida había soñado con ese momento. Como mi intención era la Cripta Imperial, cada uno se fue a su destino. Volvieron él y su mujer radiantes. Habían cumplido un sueño. Uno relativamente fácil de realizar, pero como ya saben ustedes, las caras siguen siendo las mismas independientemente del tiempo, calidad o cantidad de deseo que le hayan puesto a todo el proyecto.

Juan, llamémosle así, había visto todas sus mañanas conscientes de Año Nuevo el concierto. Cuando se casó, con una mujer maravillosa, a la que yo siempre había conocido de vista en mi facultad, decidió vivir sin televisión durante un tiempo. Por voluntad propia, como principio, sin talibanismo aunque lo pueda parecer. Simplemente no le interesaba. Lo consiguió. Con esa rectitud de espíritu que yo sólo había visto a mi abuelo Juan Antonio, seguramente por eso le cogí tanto aprecio. Supongo que durante su despantallamiento voluntario, algo más corto que el destierro del Cid, vería el Concierto de Año Nuevo en casa de su familia de origen.
Juan tuvo que deshacer preconceptos, puesto que en un grupo grande siempre hay media docena de personas convencidas de que la pizza no debe llevar piña (ojo, todo el respeto a esos hijos de la gran puta) o que el Concierto de Año Nuevo se celebra en la Ópera de Viena, y no en el recinto que visitó Juan, a unos cientos de metros al otro lado de la misma avenida vienesa.
Supe de Juan hace poco por un amigo común. Su hija había empezado a estudiar un ‘doble grado’. Farmacia y nosecuantitos. Juan no es de los que se paseará por ahí engallado diciendo la recauchutada y vulcanizada memez de que su hija estudia dos carreras. No es de ese tipo. Alguien que ha estado años sin televisión por principios no lo es.
Y en los momentos previos al concierto, a pesar de que hace cuatro años que nos vimos por última vez, siempre le dedico un recuerdo al tío que vivió un tiempo sin tele y que aquella calurosa tarde vienesa se desgajó de nuestro grupo de turistas para visitar aquel lugar. Su lugar. La vida, que da tantas vueltas, seguramente hará que nos volvamos a encontrar.
Disfruten de lo poco que queda de 2023, y (solamente) cuando suene la Marcha en la Musikverein, feliz 2024.